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No hay duda sobre los múltiples puntos de contacto que hay entre la vida cotidiana y el fútbol. Por ello, siempre es útil contrastar las reglas de este deporte con el derecho, y de esa forma ilustrar cómo es que siempre se requieren reglas que orienten la acción hacia la consecución de metas y fines legítimos, ya sea en la sociedad o en un juego de balompié.
Así pues, aprovechando la época mundialista, en este blog se reflexiona sobre algunos aspectos sumamente comparables entre las reglas futbolísticas y las normas jurídicas. En específico, aquí se destaca la necesidad de acatar las reglas y normas establecidas por un órgano diferente al que las aplica, así como la importancia que posee el trabajo del Poder Judicial –claramente paralela a la labor arbitral, con todas las virtudes y características que le son exigibles–. En efecto, hay que iniciar diciendo que el respeto guardado a las reglas es proporcional al grado de equidad y limpieza del juego. Obviamente, iignorarlas o fingir su violación provoca una merma clara en la eficiencia del encuentro, convirtiéndolo en una exhibición lastimosa de conductas antideportivas o, incluso peor, en una competencia en la que ganará no el mejor, sino el más fuerte –¡o el más tramposo!–. Eso es evidencia de la necesidad de atender al reglamento, como también debe ser respetado el orden jurídico en la vida social, y, de ese modo, garantizar la seguridad jurídica y la viabilidad de las instituciones. El torneo que apenas terminó también ha dejado la oportunidad para reflexionar sobre la importancia de que en el juego se respete a quienes aplican las reglas. Aquí cabe resaltar que la intervención de los intérpretes de las normas jurídicas debe ser autónoma, independiente, oportuna, prudente, imparcial y ajena a cualquier presión externa o favoritismo. En la realidad más fría, eso se traduce en la imposibilidad de que las decisiones cambien por la injerencia de terceros, más allá de su poder institucional o capacidad de influencia. Se da por descontado, por ejemplo, que una llamada telefónica sea el motivo de que se modifique una determinación, ¡tanto en el fútbol como fuera de él! Al mismo tiempo, hablando del trabajo del árbitro, es necesario enfatizar la importancia de que éste conozca el reglamento cabalmente y con profundidad para que el juego se conduzca con justicia y regularidad. A contramano, la ignorancia de las reglas termina provocando decisiones desatinadas que afectan el resultado y la credibilidad de un deporte. Por ende, es necesario que los árbitros y los integrantes del Poder Judicial se encuentren en formación y capacitación constantes[1], pues el desconocimiento de las reglas del juego, o de las normas jurídicas, por quienes tienen que aplicarlas, irremediablemente compromete el buen curso del deporte, y también pone en riesgo al estado de Derecho. Por otro lado, la interpretación correcta de un reglamento deportivo y de las normas jurídicas, exige también el ánimo por comportarse éticamente. La visibilidad de las acciones del árbitro dificulta mucho que se conduzca contra los principios que rigen al juego, volviendo escandalosos sus errores. Tomando en consideración que el trabajo honesto del árbitro es, en buena medida, la base de la confianza de los jugadores y el mayor disfrute de los aficionados, estos siempre esperan que esa autoridad deportiva guíe el partido con rectitud. Algo similar ocurre con el Poder Judicial, cuyos funcionarios deben proceder con absoluto celo por la ética, puesto que su labor se trata no solamente de aplicar la norma jurídica, sino de hacerlo como buenas personas[2]. Aquí cabe destacar que de poco serviría que un juez fuera un magnífico conocedor de la ley, pero que dictara sus sentencias desviándose de lo que le es exigible moralmente, pues pasaría lo mismo que si un árbitro conociera el reglamento a la perfección, pero lo aplicara incorrectamente por faltas éticas. Para terminar, conviene llamar a la reflexión sobre qué lecciones se deben y no se deben aprender del fútbol. La primera radica en la necesidad de que para que el árbitro y el juez sean tomados en serio tienen que ser conocedores de las reglas, pero también gozar de la autoridad legítima que da el compromiso con la ética. Y la segunda de esas lecciones es la importancia de fortalecer y dar mayor independencia a los árbitros –y sí, por supuesto, también a los jueces– para que resistan a quienes les presionan con ánimos ilegítimos, de manera que, tanto en la cancha como fuera de ella, quien realmente tenga la razón encuentre una decisión justa. [1] Malem Seña, Jorge, El error judicial y la formación de los jueces, Barcelona, Gedisa, 2008, pp. 207-230. [2] Véase: Malem Seña, Jorge, ¿Pueden las malas personas ser buenos jueces?, Doxa, 24, 2001, pp. 379-403.
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